El estrés, el desafío del siglo XXI
Debido a su gran impacto en la salud física y mental en la vida moderna, el estrés se considera la «enfermedad del siglo XXI». Afecta a quienes presentan factores de riesgo individuales, pero la buena noticia es que, hoy en día, esos factores se pueden modificar.
Corina Cristea, 16.10.2026, 14:00
Estamos conectados casi sin interrupción, tenemos acceso a una cantidad impresionante de información, nos enfrentamos a la presión por rendir, a la incertidumbre, a la falta de tiempo y, a menudo, a la dificultad de encontrar un equilibrio entre la vida profesional y la personal. En esta realidad, el estrés se ha convertido en un desafío al que nos vemos obligados a hacer frente. Desde el punto de vista biológico, el estrés es la respuesta del organismo ante una situación percibida como exigente o amenazante, explica la catedrática Luiza Spiru, doctora en Medicina, geriatra y presidenta de la Fundación «Ana Aslan Internacional»:
«El estrés es una respuesta absolutamente natural del organismo ante determinados agentes agresores. Los agresores son variados: puede tratarse de un contaminante, de una emoción negativa, de un traumatismo o de una discusión con mi novio o con mi novia; todo eso es un agente agresor. El organismo intenta replegarse en la respuesta que coordina para recuperarse. Todos estamos sometidos a factores estresantes, no podemos librarnos de ellos. Cuando el estrés aparece en nuestra vida, provoca ciertos desequilibrios. Y estos desequilibrios tienen que ver con nuestras reacciones, que están relacionadas con el cerebro: ansiedad, depresión, manifestaciones hormonales, cardiovasculares e inmunológicas. Pero cuando se hace evidente que atravesamos un periodo difícil y prolongado bajo los efectos del estrés, entonces ya hablamos de estrés crónico. Lo que les he descrito hasta ahora es estrés agudo. Como ocurre, por ejemplo, cuando tenemos un examen, cuando nuestros hijos van a examinarse y están estresados… ¡Ya pasará! Lo que ocurre es que, cuando provoca desequilibrios en lo que llamamos homeostasis, es decir, el equilibrio a nivel celular, también allí se producen turbulencias. Estas turbulencias desaparecen cuando el estrés es de corta duración, pero persisten cuando se prolonga durante más de dos semanas, un mes, dos, tres o, muy a menudo, durante años. Entonces las manifestaciones aparecen a distancia, por todas partes, en todo el organismo. Pero quien recibe primero estas respuestas es nuestro cerebro, porque es el que intenta gestionarlas.»
El cerebro recibe toda esta carga e intenta gestionarla, pero, pasado cierto tiempo, puede que ya no sea capaz de hacerle frente. Entonces empiezan a aparecer señales como palpitaciones, sudoración, trastornos del sueño o del tránsito intestinal, erupciones cutáneas o alergias. Amplía detalles, Luiza Spiru:
«Cuando el estrés es agudo, nos movilizamos muy bien, estamos activos, podemos hacerle frente y muchas veces somos excepcionales durante ese periodo de estrés agudo. Pero cuando se vuelve crónico y vemos que la situación se prolonga, lamentablemente nuestros recursos disminuyen, y siguen disminuyendo hasta que llegamos a las fases de agotamiento. Esta máquina funcionando a toda velocidad que es nuestro organismo acaba por no poder más; resulta muy difícil devolverle el equilibrio. El burnout es, en realidad, el estrés llevado al paroxismo; significa que hasta nosotros mismos percibimos que ya no conseguimos recuperarnos. Y muchas veces he oído decir a personas de la generación joven: “¡Estoy en burnout! ¡Estoy en burnout!”. Cuando dicen eso, en realidad están expresando que ya no tienen recursos o que se sienten agotadas. El agotamiento es físico, psíquico, mental, y está relacionado con la incapacidad de seguir haciendo ejercicio, de salir de casa o de tener ideas nuevas.»
Debido a su gran impacto sobre la salud física y psíquica en la vida moderna, el estrés se considera «la enfermedad del siglo XXI». Afecta allí donde existe un factor de riesgo individual, pero la buena noticia es que hoy estos factores pueden modificarse. El primero es la actividad física, bajo todas sus formas, desde pasear hasta ir al gimnasio. Bastan 150 minutos de ejercicio a la semana, afirma la catedrática Luiza Spiru. Otro factor modificable es la socialización. Es importante no aislarnos, y el ejemplo más elocuente procede del periodo de la pandemia, cuando el aislamiento afectó a millones de personas. Luiza Spiru vuelve con detalles:
«El aislamiento es, en la práctica, el factor que más peso tiene entre los modificables. Porque somos seres sociales y aislarnos y olvidar que somos seres sociales equivale hoy, según los últimos estudios, de 2026, a fumar tres paquetes de cigarrillos al día, independientemente de la edad. El aislamiento te hunde aún más en tus propios pensamientos negativos cuando atraviesas una depresión o sufres ansiedad y no aceptas pedir ayuda a nadie. O cuando todavía no te das cuenta del precipicio hacia el que te diriges.»
El sueño también es muy importante. No solo importa cuánto se duerme, sino también la calidad del sueño. Al mismo tiempo, es importante prestar atención a los factores de riesgo y organizar nuestra vida en función de los riesgos que tenemos individualmente. Junto a un cuerpo funcional y una mente ágil, también cuenta la capacidad de encontrar un sentido en cada etapa de la vida, subraya la catedrática Luiza Spiru, que llama la atención sobre tres elementos esenciales que nos ayudan a conservar la autonomía, disfrutar de la vida y contemplar la vejez sin miedo: los músculos, el cerebro y el sentido, es decir, vivir con un propósito.
Versión en español: Valeriu Radulian