Hace 100 años, la reina María, segunda soberana de Rumanía y figura clave que, junto a su esposo, el rey Fernando I, contribuyó a la creación de la Gran Rumanía, visitaba los Estados Unidos de América. Aunque se trataba de una visita privada, esta trascendió los límites de un viaje personal convencional. La reina recibió una amplia cobertura mediática y su visita cosechó un éxito extraordinario entre la opinión pública estadounidense, lo que contribuyó a situar a Rumanía en el mapa mental de la geopolítica internacional.
El Partido Nacional Campesino fue uno de los partidos más importantes de Rumanía, de cuyas filas surgieron numerosos políticos de primer orden. Entre ellos cabe destacar a sus dos líderes fundadores, Ion Mihalache e Iuliu Maniu, ya que el Partido Nacional Campesino fue el único partido de la política rumana con una dirección bicéfala que funcionó de manera impecable.
En 1878, Rumanía se hizo con la región de Dobruja tras el Tratado de Paz de Berlín, que puso fin a la guerra ruso-rumano-turca de 1877-1878. Con una importante población musulmana, la Dobruja costera se convirtió en la puerta de Rumanía al mundo. Tras haber sido súbditos del Imperio otomano durante cientos de años, los musulmanes de Dobruja pasaron a ser ciudadanos de un Estado cristiano.
El mar Negro se llamaba en la Antigüedad Ponto Euxino, una denominación que le dieron los griegos. La percepción que se tenía de él en los escritos griegos y romanos variaba: desde un mar malo, sombrío y frío hasta uno bueno, luminoso y cálido.
La comunidad musulmana de Rumanía está formada tradicionalmente por turcos y tártaros. Su historia se extiende a lo largo de más de 700 años y ha estado marcada por las ideas y la mentalidad colectiva de las distintas épocas.
La capital de Rumanía es también la capital de la industria rumana. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, Bucarest inició su expansión industrial y pasó a ser el centro de un país en desarrollo, tras haber sido una región periférica de Oriente
Las relaciones entre rumanos y otomanos se remontan a medio milenio. Desde la segunda mitad del siglo XIV hasta la segunda mitad del siglo XIX, el territorio rumano se encontró, en mayor o menor medida, bajo la influencia otomana
La caída del régimen comunista en Europa Central y del Este en 1989 se hizo sentir en el espacio soviético dos años después, en 1991, un proceso que los historiadores y politólogos denominaron la desintegración de la Unión Soviética. Ese año, las 16 repúblicas que formaban parte de la Unión Soviética declararon su independencia, y entre ellas se encontraba la República de Moldavia, la parte oriental de la Moldavia histórica entre los ríos Prut y Dniéster.
La mentira generalizada fue un rasgo definitorio del régimen comunista. En este caso, ni siquiera resulta pertinente compararla con el nivel de falsedad pública que puede existir en cualquier sociedad o sistema político.
A mediados del siglo XIX, la sociedad rumana dio un gran paso hacia la modernización al liberar a los romaníes de la esclavitud
Para los comunistas, las personas más valiosas de una sociedad —y que se oponían a ellos— eran sus principales enemigos. Los campesinos más trabajadores, más respetados y más cultos fueron las primeras víctimas en las aldeas tras el establecimiento del régimen. Denominados despectivamente «chiaburi», con una palabra de origen turco, fueron calumniados, despojados de sus bienes o encarcelados.
A principios del otoño de 1924, en el mes de septiembre, se desencadenaron violentos disturbios en la localidad de Tatarbunar, en el sur de la actual Ucrania, en aquel entonces parte de la República de Moldavia, como consecuencia de las acciones de unos agentes soviéticos. Se trataba de una provocación descarada contra la soberanía del nuevo Estado de la Gran Rumanía, que intervendría militarmente para restablecer el orden tras varios días de caos. Sin embargo, la derrota de la rebelión de Tatarbunar tuvo como consecuencia la aparición de un Estado fantasma: la República Soviética Socialista Autónoma de Moldavia, en las riberas del río Dniéster.
A principios del otoño de 1924, en el mes de septiembre, tuvieron lugar una serie de acontecimientos en la localidad de Tatar-Bunar, en el sur de la actual República de Moldavia. Grupos armados procedentes de la URSS cruzaron ilegalmente el Dniéster, ocuparon la localidad de Tatar-Bunar, izaron la bandera roja y dejaron de reconocer la soberanía del Estado rumano. La prensa de la época y el Estado rumano calificaron estas acciones de terroristas, mientras que los historiadores se refirieron a ellas como «levantamiento», «rebelión» y «acciones armadas».
En junio de 1948, el Gobierno comunista promulgó una ley mediante la cual todos los medios de producción pasaban a ser propiedad del Estado. Así, toda la economía quedó estatalizada. Las minas fueron, naturalmente, también nacionalizadas y, además, consideradas estratégicas, por lo que a la minería se le otorgó una importancia crucial dentro de la economía.
Desde 1989, el escritor y activista Romulus Rusan defendió la memoria histórica rumana, luchando contra el olvido del comunismo y sus sacrificios