La miscelánea: La infancia en transición: cómo han cambiado los niños rumanos en los últimos 30 años
Hoy nos reunimos en el contexto de una fecha especialmente simbólica en Rumanía: el 1 de junio, Día Internacional del Niño. Una jornada en la que el país celebra a sus niños con actividades, eventos culturales y espacios públicos dedicados a la infancia, pero también una ocasión que invita a la reflexión.
Brigitta Pana, 01.06.2026, 13:31
Más allá de la celebración, esta fecha abre una pregunta más profunda: ¿cómo es hoy la infancia en Rumanía? ¿Cómo ha cambiado en las últimas tres décadas, en un país que ha atravesado transformaciones políticas, económicas y sociales profundas? En este programa, aprovechando el Día Internacional del Niño, les propongo un recorrido por esa evolución. Una mirada a cómo han cambiado los niños rumanos en los últimos 30 años, desde las calles llenas de juegos de los años 90 hasta la infancia digital y global de hoy. Un cambio que no se mide solo en estadísticas, sino en experiencias cotidianas, en juegos que desaparecen, en pantallas que aparecen, en calles que antes estaban llenas de niños y que hoy, en muchos casos, están en silencio. Han pasado más de 35 años desde 1989, el año que marcó la caída del régimen comunista en Rumanía. Tres décadas que han redefinido no solo la economía o la política del país, sino también algo mucho más íntimo: la manera de crecer. Hoy intentaremos entender cómo han cambiado los niños rumanos en este periodo de transición.
Para comprender la infancia actual en Rumanía, hay que volver a los años 90. Un país en transición, con profundas dificultades económicas, infraestructuras limitadas y una sociedad que se reorganizaba tras décadas de régimen comunista. En aquella época, la infancia era principalmente una experiencia colectiva. Los niños jugaban en la calle, en los patios de los bloques de viviendas, en parques sin demasiadas instalaciones modernas. No había teléfonos móviles, ni internet, ni redes sociales. El juego era físico, espontáneo, y sobre todo comunitario. Fútbol improvisado entre edificios, juegos tradicionales como “escondite” o “la cuerda”, tardes enteras al aire libre hasta que anochecía. Era una infancia menos conectada al mundo exterior, pero más conectada al entorno inmediato.
Durante los años 90 y 2000, Rumanía inició un proceso de transición hacia la economía de mercado. Este cambio tuvo efectos directos en las familias y, por extensión, en los niños. Muchos padres comenzaron a emigrar en busca de trabajo, especialmente hacia países de Europa occidental como Italia o España. Este fenómeno dio lugar a lo que en Rumanía se conoce como los “copii rămași acasă”, los niños que se quedaron en casa. Según datos de UNICEF, Rumanía ha sido durante años uno de los países de la Unión Europea con mayor proporción de niños afectados por la migración de sus padres. Esto cambió profundamente la estructura emocional de muchas infancias: abuelos o familiares cercanos asumieron el rol de cuidadores principales, mientras los padres vivían y trabajaban en el extranjero.
Si hay un elemento que ha redefinido la infancia en los últimos 15 años, ese es la tecnología. Hoy, los niños rumanos crecen en un entorno completamente diferente al de sus padres. El acceso a internet es generalizado, especialmente en zonas urbanas. Según Eurostat, más del 90% de los hogares con niños en la Unión Europea tienen acceso a internet, y Rumanía no es una excepción en este proceso de digitalización acelerada. Los juegos han cambiado. Donde antes había una pelota o una cuerda, ahora hay pantallas. Videojuegos, redes sociales, plataformas de vídeo. El espacio de socialización también ha cambiado: parte de la interacción infantil ha pasado del parque al entorno digital. Esto no significa necesariamente una pérdida total de la vida social, pero sí una transformación profunda de sus formas.
El sistema educativo rumano también ha evolucionado en estas tres décadas. Hoy los niños tienen acceso a más recursos, más idiomas extranjeros y más oportunidades de movilidad internacional. Muchos centros educativos están conectados a programas europeos, como Erasmus+. Sin embargo, este progreso también ha traído nuevos desafíos. Diversos informes internacionales, incluidos los de la OCDE, señalan que el sistema educativo rumano mantiene niveles de presión académica elevados, especialmente en las grandes ciudades. Las familias invierten más en educación privada, tutorías y actividades extracurriculares. La competencia comienza temprano. La infancia, en muchos casos, se ha vuelto más estructurada, más organizada, pero también más exigente.
Uno de los aspectos más importantes para entender la infancia en Rumanía hoy es la diferencia entre lo urbano y lo rural. En ciudades como Bucarest, Cluj-Napoca o Timișoara, los niños crecen en entornos altamente digitalizados, con acceso a actividades culturales, deportivas y tecnológicas. En zonas rurales, la realidad puede ser muy distinta. Aunque ha mejorado el acceso a la educación y a la tecnología, todavía existen diferencias en infraestructura, transporte y oportunidades. Estas desigualdades crean, en la práctica, dos experiencias de infancia que no siempre se parecen. Uno de los cambios más simbólicos es la transformación del espacio público. En los años 90, la calle era un lugar de juego. Hoy, en muchas ciudades, ese espacio ha sido reemplazado por tráfico, urbanización y vida interior. La infancia se ha trasladado del exterior al interior: del barrio al hogar, del patio al dispositivo digital. Este cambio no es exclusivo de Rumanía, pero adquiere un significado particular en un país donde la vida comunitaria en los bloques de viviendas era una parte esencial de la socialización infantil.
También ha cambiado la forma en que la sociedad percibe la infancia. Hoy existe una mayor conciencia sobre los derechos del niño, impulsada tanto por reformas internas como por la integración de Rumanía en la Unión Europea en 2007. Instituciones como UNICEF y organizaciones locales han contribuido a reforzar políticas de protección infantil, educación inclusiva y bienestar social. La infancia ya no es vista únicamente como una etapa privada de la vida familiar, sino como un ámbito de interés público y político.
Los niños rumanos de hoy no crecen solo con referentes locales. Su universo cultural es global. Consumen contenido internacional, hablan idiomas extranjeros desde edades tempranas y están conectados con tendencias globales en tiempo real. Esto crea una infancia más abierta al mundo, pero también más expuesta a influencias externas y a un flujo constante de información. Si hablamos con padres o abuelos, muchos recuerdan una infancia más simple, más lenta, más basada en la presencia física. Si hablamos con niños actuales, encontramos una infancia más conectada, más digital, más estructurada. Ninguna es necesariamente mejor o peor. Son, simplemente, reflejos de dos épocas distintas.
Treinta años después de la gran transformación política y económica del país, la infancia en Rumanía sigue evolucionando. De la calle al móvil. Del grupo de vecinos a la red digital. De la espontaneidad a la planificación. De lo local a lo global. Pero en el fondo, sigue existiendo lo esencial: la necesidad de juego, de aprendizaje, de pertenencia. La infancia cambia, sí. Pero también resiste. Y en esa tensión entre lo que desaparece y lo que aparece, se dibuja la historia de una generación que crece en un país en constante transformación.