La educación en Rumanía entre estadísticas preocupantes y la necesidad de un cambio real
La educación sigue siendo uno de los ámbitos más frágiles de la calidad de vida en Rumanía. Rumanía obtiene una puntuación de 6,85 sobre 10 en materia de educación: por encima de Bulgaria (6,74), pero por debajo de todos los demás países analizados de la región.
Ion Puican, 15.04.2026, 13:29
La educación sigue siendo uno de los ámbitos más frágiles de la calidad de vida en Rumanía, según el más reciente «Barómetro del Bienestar», elaborado por MIR Research a petición de la UNSAR (Unión Nacional de Sociedades de Seguros y Reaseguros de Rumanía) para la plataforma ABS – Alianza para el Bienestar. Rumanía obtiene una puntuación de 6,85 sobre 10 en materia de educación: por encima de Bulgaria (6,74), pero por debajo de todos los demás países analizados de la región: Polonia (8,3), República Checa (7,97), Hungría (7,38) y Eslovaquia (6,87). Más allá de la cifra, el informe muestra que persisten los problemas en materia de inclusión educativa, competencias básicas y preparación para el mercado laboral. Uno de los datos más preocupantes está relacionado con el abandono escolar prematuro.
Según las estadísticas más recientes de Eurostat, Rumanía tiene la tasa más alta de la Unión Europea: el 16,8 % de los jóvenes de entre 18 y 24 años abandonan prematuramente la educación y no siguen ningún programa de formación, mientras que la media europea es del 9,3 %. Esto significa que casi uno de cada seis jóvenes rumanos entra en la vida adulta sin una cualificación suficiente, lo que afecta directamente a sus oportunidades de empleo y a su estabilidad económica a largo plazo.
La psicóloga Oana Puican nos habla, desde la perspectiva del desarrollo de las nuevas generaciones de adultos, sobre los resultados del estudio:
«Desde una perspectiva psicológica, los datos del estudio «Barómetro del Bienestar», que ponen de manifiesto la fragilidad de la educación en Rumanía, no se refieren únicamente al rendimiento escolar o a indicadores estadísticos. Los resultados nos hablan de cómo se construye la relación del niño consigo mismo, con los demás miembros de la comunidad y, en última instancia, con el mundo en el que vive. La educación es el primer espacio social en el que el niño aprende la confianza, el sentido de pertenencia, la cooperación y la sensación de tener un lugar en una comunidad. Cuando el acceso a la educación es fragmentado, desigual o inestable, surgen efectos que van mucho más allá del ámbito académico. Para el niño o el joven, disminuye la confianza en sus propios recursos, aparece la sensación de impotencia y se dificulta el desarrollo de la capacidad de adaptación a situaciones nuevas. Un niño que vive repetidamente la experiencia de la brecha —ya sea por falta de recursos, dificultades de aprendizaje o falta de apoyo educativo— puede interiorizar la idea de que no es lo suficientemente capaz o de que las oportunidades no le pertenecen».
Las diferencias que pone de manifiesto el «Barómetro del Bienestar» también son evidentes en lo que respecta a las competencias digitales. En Rumanía, solo el 27,7 % de los ciudadanos posee competencias digitales básicas, casi la mitad de la media europea, que supera el 55 %. En una economía en la que cada vez más actividades dependen de la tecnología, esta brecha se convierte en un problema importante, sobre todo para los jóvenes y para quienes viven en zonas rurales. Paralelamente, solo el 12 % de los rumanos tiene competencias financieras por encima de la media, lo que supone dificultades para comprender las decisiones relacionadas con el ahorro, el crédito o la protección financiera.
Oana Puican nos ofrece más detalles desde la perspectiva psicológica de las discrepancias informativas frente a las educativas entre los jóvenes:
«Cada vez vemos más a menudo a jóvenes que cuentan con la información necesaria, pero que no tienen suficiente confianza en su propio camino ni en su capacidad para tomar decisiones. Los jóvenes se adaptan rápidamente a la tecnología, pero tienen dificultades en las relaciones reales, del día a día. Son jóvenes con problemas para asumir responsabilidades o con una baja tolerancia a la frustración. También hay un impacto relacional importante. La falta de competencias educativas y emocionales se refleja a menudo en la dificultad para entablar un diálogo, negociar diferencias o mantener relaciones estables».
El informe también destaca las diferencias entre las zonas urbanas y rurales. En Rumanía, casi el 42 % de los alumnos estudian en escuelas de zonas rurales, donde el acceso a recursos educativos, tecnología y profesores especializados sigue siendo mucho más limitado. Además, las pruebas internacionales muestran constantemente grandes diferencias de rendimiento entre los alumnos de las ciudades y los de las zonas rurales. Estas diferencias se reflejan posteriormente en el acceso al instituto, a la universidad y al mercado laboral. Tal y como nos señala la psicóloga Oana Puican:
«Si miramos a largo plazo, estas disfunciones en la educación influyen no solo en la trayectoria profesional del joven del futuro, sino también en la forma en que entablará relaciones, cómo se comunicará, cuánta seguridad tendrá a la hora de tomar decisiones importantes o cuán fácil le resultará desarrollar su autonomía. A nivel social, los efectos psicológicos se hacen visibles en la forma en que las generaciones jóvenes se relacionan con el futuro. Cuando la educación no ofrece suficiente previsibilidad, surge la tendencia al retraimiento, la ansiedad ante el futuro o la dificultad para invertir en proyectos a largo plazo».
Oana Puican nos dijo para terminar:
«La educación no solo genera competencias, sino también una estructura emocional. La educación no consiste únicamente en la acumulación de conocimientos, sino también en el ejercicio de la convivencia: aprendemos a escuchar, a esperar, a argumentar y a cooperar. Cuando se debilitan las etapas de la educación, toda la sociedad sufre las consecuencias en forma de polarización, desconfianza y fragilidad de los vínculos sociales. A largo plazo, la inversión en educación es, de hecho, una inversión en la salud psicológica de una sociedad. …»
La educación ya no puede considerarse solo como un ámbito administrativo, sino como una infraestructura esencial para el bienestar social. La forma en que un niño ingresa y permanece en la escuela influye en la salud económica de una familia, en la capacidad de una sociedad para adaptarse y, a largo plazo, en la resiliencia de todo un país.