La miscelánea: ¿Cómo eran las vacaciones de los rumanos hace un siglo?
¿Dónde viajaban los rumanos? ¿Qué hacían durante sus días libres? ¿Existían ya las vacaciones familiares tal como las conocemos hoy? Y quizás la pregunta más interesante: ¿eran realmente muy diferentes de las nuestras? Acompáñenme durante los próximos minutos para descubrir cómo era el verano de los rumanos hace cien años.
Brigitta Pana, 15.06.2026, 17:45
Cuando pensamos en las vacaciones actuales, imaginamos automóviles, vuelos internacionales, reservas por internet y teléfonos móviles. Hace un siglo, la realidad era completamente distinta. En la década de 1920, Rumanía acababa de salir de uno de los períodos más difíciles de su historia. La Primera Guerra Mundial había terminado en 1918 y el país atravesaba un proceso de reconstrucción económica y social. Al mismo tiempo, la llamada Gran Rumanía acababa de formarse tras la unión de Transilvania, Besarabia y Bucovina con el Reino de Rumanía. Era una época de optimismo, modernización y crecimiento. Las ciudades comenzaban a desarrollarse con rapidez. La clase media urbana aumentaba. Y cada vez más personas empezaban a disponer de tiempo libre para viajar. Sin embargo, debemos aclarar algo importante. Las vacaciones eran todavía un privilegio. La mayoría de la población vivía en zonas rurales. Más del setenta por ciento de los habitantes del país residían en el campo y trabajaban en la agricultura. Para millones de campesinos, la idea de tomarse varias semanas de descanso simplemente no existía. El verano era precisamente la temporada de trabajo más intensa. Las cosechas, el cuidado de los animales y las labores agrícolas ocupaban prácticamente todo el tiempo disponible. Por eso, cuando hablamos de vacaciones hace cien años, nos referimos principalmente a la población urbana: funcionarios, profesores, médicos, comerciantes, militares, empresarios y profesionales liberales. ¿Y dónde iban de vacaciones? Uno de los destinos favoritos era el mar Negro. La ciudad de Constanza ya era un importante puerto y centro turístico. Pero el verdadero símbolo del verano rumano era Mamaia. Hoy conocida internacionalmente como uno de los principales centros turísticos del país, Mamaia apenas comenzaba su desarrollo a principios del siglo veinte. El primer gran impulso llegó después de 1906, cuando se construyeron instalaciones destinadas a los bañistas. Durante los años veinte y treinta, la playa empezó a atraer cada vez más visitantes procedentes de Bucarest y otras ciudades importantes. Viajar hasta allí era toda una experiencia. Muchos turistas utilizaban el tren, el medio de transporte más popular para desplazamientos largos. Los ferrocarriles rumanos habían expandido considerablemente su red durante las décadas anteriores. Los viajes podían durar varias horas, pero ofrecían una comodidad relativamente moderna para la época. Las familias llegaban cargadas con maletas, sombreros, sombrillas y trajes de baño que hoy nos parecerían extraordinariamente conservadores. Los hombres utilizaban bañadores que cubrían gran parte del torso. Las mujeres vestían trajes de baño enteros, acompañados frecuentemente por faldas cortas o túnicas ligeras. Nada que ver con la moda actual.
Pero el mar no era el único destino. Las montañas también atraían a numerosos viajeros. Las estaciones climáticas de Sinaia, Predeal y Bușteni figuraban entre los lugares más apreciados por la élite rumana. Sinaia ocupaba una posición especial. Conocida como la Perla de los Cárpatos, se había desarrollado alrededor de la residencia de verano de la familia real rumana. El Castillo de Peleș transformó completamente la imagen de la localidad. A principios del siglo veinte, pasar unas semanas en Sinaia era considerado elegante y prestigioso. Los visitantes paseaban por parques cuidadosamente diseñados, asistían a conciertos y disfrutaban del aire fresco de la montaña. Los hoteles y villas recibían a turistas procedentes no sólo de Rumanía sino también de otros países europeos. Las montañas representaban salud. Los médicos recomendaban el aire puro para combatir enfermedades respiratorias y el agotamiento provocado por la vida urbana. No era extraño que una familia permaneciera varias semanas en una estación de montaña durante el verano.
Otro fenómeno muy popular eran los balnearios. Hace cien años, las aguas minerales y termales gozaban de enorme prestigio. La medicina de la época confiaba ampliamente en sus efectos terapéuticos. Miles de personas acudían cada año a lugares como Băile Herculane, Slănic Moldova, Sovata, Călimănești o Govora. Algunos visitantes buscaban tratamientos para enfermedades reumáticas. Otros acudían por problemas digestivos o respiratorios. Y muchos simplemente deseaban descansar. Los balnearios funcionaban como auténticos centros sociales. Por las mañanas tenían lugar los tratamientos. Por las tardes se organizaban paseos. Y por las noches, conciertos, bailes y reuniones. Era frecuente que las personas establecieran amistades duraderas durante aquellas temporadas.
Existe además un aspecto menos conocido de las vacaciones de hace cien años: la preparación del viaje. Hoy basta con unos pocos minutos para reservar un hotel o comprar un billete. En la Rumanía de los años veinte y treinta, organizar unas vacaciones requería mucho más tiempo. Las familias consultaban periódicos, escribían cartas para reservar habitaciones y planificaban cuidadosamente cada detalle. En muchos casos, las reservas se realizaban con semanas o incluso meses de anticipación. Los hoteles más prestigiosos de Sinaia, Mamaia o de las estaciones balnearias podían completar su capacidad durante toda la temporada estival. También era importante el equipaje. Los viajeros transportaban baúles, maletas de cuero, sombrereras y numerosos objetos personales. Una estancia de varias semanas exigía ropa para diferentes ocasiones. Había prendas para los paseos matutinos, para las excursiones, para las comidas en restaurantes elegantes y para las actividades sociales de la noche. Las fotografías de la época muestran a turistas impecablemente vestidos incluso durante los momentos de ocio. La informalidad que caracteriza muchas vacaciones actuales era prácticamente inexistente.
Las vacaciones también representaban una oportunidad para descubrir nuevas regiones del país. No debemos olvidar que la Gran Rumanía era todavía una realidad relativamente reciente. Para muchos ciudadanos, viajar significaba conocer territorios que apenas unos años antes habían pertenecido a otros imperios o administraciones. Un habitante de Bucarest podía visitar Transilvania y descubrir ciudades con arquitectura centroeuropea. Un residente de Cluj podía viajar hasta la costa del mar Negro. Estas experiencias contribuían a fortalecer el sentimiento de pertenencia a un mismo país.
Otro elemento importante era la fotografía. Durante el período de entreguerras, las cámaras fotográficas comenzaron a ser más accesibles para las clases medias urbanas. Aunque todavía eran costosas, cada vez más familias documentaban sus viajes. Muchas de las imágenes conservadas en archivos y colecciones privadas proceden precisamente de vacaciones de verano. En ellas aparecen playas, estaciones ferroviarias, hoteles, paseos por la montaña y reuniones familiares. Gracias a estas fotografías podemos reconstruir hoy la atmósfera de aquella época.
Los cafés también ocupaban un lugar central en la experiencia turística. En ciudades como Sinaia o Constanza, los visitantes dedicaban largas horas a conversar, leer periódicos y observar la vida cotidiana. Era una época en la que el ritmo de vida parecía más lento. No existían teléfonos inteligentes ni redes sociales. El entretenimiento se basaba en la conversación, la lectura, la música en vivo y los encuentros personales. Muchos viajeros recordaban años después aquellas tardes tranquilas como uno de los mayores placeres de sus vacaciones.
Por supuesto, el deporte empezaba a ganar protagonismo. El esquí ya atraía visitantes a las montañas durante el invierno, mientras que el senderismo se convertía en una actividad cada vez más popular durante el verano. Clubes turísticos organizaban excursiones a los Cárpatos, promoviendo el contacto con la naturaleza. La idea de que las vacaciones debían incluir actividad física comenzó a difundirse entre la población urbana. Y aunque solemos recordar aquella época con cierta nostalgia, las vacaciones también tenían limitaciones. Los viajes eran más lentos. Los servicios médicos eran menos avanzados. Las carreteras estaban menos desarrolladas. Los niveles de confort variaban considerablemente. Sin embargo, precisamente esas dificultades hacían que el viaje fuera percibido como una aventura. Cada desplazamiento suponía descubrir paisajes, culturas y experiencias nuevas. Quizás por eso las vacaciones ocupaban un lugar tan especial en la memoria de quienes las vivieron. No eran simplemente unos días de descanso. Representaban una ocasión excepcional para ampliar horizontes, fortalecer vínculos familiares y conocer un país que se encontraba en plena transformación.