La seguridad energética de la Unión Europea
Europa se acerca al invierno en un contexto energético complicado: la guerra en Ucrania sigue afectando a las relaciones energéticas con Rusia y, en Oriente Medio, las perturbaciones en los flujos de petróleo y gas natural licuado ejercen presión sobre un mercado del que la UE depende cada vez más.
Corina Cristea, 09.10.2026, 16:06
Europa se acerca al invierno en un contexto energético complicado: la guerra de Ucrania, desencadenada por Moscú hace casi cinco años y que ha cambiado radicalmente la arquitectura energética europea, sigue afectando a la relación con Rusia, mientras que el conflicto de Oriente Próximo ha añadido una nueva vulnerabilidad relacionada con el gas natural licuado transportado por mar. Antes de la guerra, Rusia era el principal proveedor externo de gas de la Unión, y la economía europea llevaba años basándose en las importaciones de gas por gasoducto. Después de febrero de 2022, esta relación se desplomó y Bruselas aceleró la diversificación de las fuentes de suministro, aumentó las importaciones de gas natural licuado e invirtió en infraestructuras para poder recibir gas de Estados Unidos, Noruega, Catar, el norte de África y Azerbaiyán. ¿Ha logrado Europa su independencia energética o simplemente ha sustituido una gran dependencia por otras vulnerabilidades externas?
El profesor universitario Claudiu Degeratu, experto en seguridad militar:
«La diversificación ha sido la consigna desde el inicio de la guerra de Ucrania y, por supuesto, reducir la dependencia de la Federación de Rusia fue la segunda prioridad y, desde mi punto de vista, una prioridad cuya aplicación ha sido difícil y lenta. El tercer aspecto importante es que resulta igualmente difícil consolidar las capacidades internas europeas de producción energética adicional. Si nos fijamos únicamente en el caso de Alemania, vemos que desde hace años Alemania lucha con los dos efectos: la reducción de la dependencia de Nord Stream 2 y la desafortunada decisión de renunciar a las centrales nucleares. Por tanto, no estamos en la situación más favorable, aunque a largo plazo la dirección sea la correcta, la de abandonar la dependencia de la política energética absolutamente manipuladora de la Federación de Rusia hacia los mercados europeos; al mismo tiempo, tenemos que atravesar un difícil periodo de adaptación.»
El panorama de la situación actual muestra que Europa ha reducido una dependencia estratégica, la de Rusia, pero está mucho más expuesta a la dependencia de un mercado energético mundial en el que dos guerras pueden modificar casi de la noche a la mañana las rutas de suministro y los precios. Y el problema que debe resolverse de inmediato es la reposición de las reservas antes de la temporada fría. A finales de agosto, las instalaciones de almacenamiento de gas de la Unión Europea estaban llenas aproximadamente al 63 %, muy por debajo de la media cercana al 80 % registrada en los últimos años en ese mismo periodo, y el 3 de octubre, según datos de Gas Infrastructure Europe, los depósitos de la Unión estaban llenos alrededor del 72 %. Este nivel no significa que Europa vaya a quedarse sin gas. Sin embargo, es relativamente bajo para esta época del año y deja menos margen de maniobra ante un invierno más difícil o una nueva interrupción del suministro, pese a que la Unión Europea dispone ahora de más terminales de gas natural licuado, interconexiones y fuentes alternativas de abastecimiento que durante la crisis energética de 2022. Con dos guerras que ejercen presión desde distintos frentes sobre su seguridad energética, el problema de la Unión Europea no es actualmente, según los analistas, si tendrá gas suficiente para calentar las viviendas, sino, sobre todo, a qué precio y en qué condiciones geopolíticas podrá conseguirlo. De nuevo, el experto en seguridad militar Claudiu Degeratu:
«Creo que, principalmente, la Unión Europea tiene capacidad para acelerar estos preparativos para el invierno, pero no debemos hacernos ilusiones: no tendremos energía barata. Observamos la evolución del mercado, observamos la incertidumbre respecto a estas importantes rutas estratégicas y nos damos cuenta de que, en realidad, tenemos que pagar un precio más alto por la energía. Debemos prepararnos psicológica, económica y políticamente para afrontar esta cuestión. No es fácil llevar a cabo una transición energética en un mercado europeo que, durante años, más de 20 años, incluso 30, dependió del gas ruso barato. Está muy claro que algo está cambiando también en el modelo económico y que algo debe cambiar asimismo en los mecanismos de la Unión Europea. Tenemos que prepararnos para asumir el coste de una transición energética que no es sencilla. Ya ven que no es tan fácil pasar a las energías renovables al nivel que desearíamos, es decir, que sean igualmente baratas y abundantes, sino que debemos encontrar un equilibrio.»
El conflicto de Oriente Próximo ha demostrado lo rápido que una conmoción geopolítica puede repercutir en el consumidor europeo. El cierre o las perturbaciones del tráfico por el estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más importantes del mundo, han afectado gravemente a los flujos de gas natural licuado procedentes de la región, reduciendo su disponibilidad. Y esto se traduce para la Unión Europea en un doble problema: menos gas licuado disponible significa una competencia más dura con Asia por cada cargamento y, por otra parte, los precios aumentan rápidamente cuando los compradores temen que el suministro futuro pueda resultar insuficiente. Por consiguiente, Europa no se enfrenta principalmente a una crisis de escasez física de gas, sino al riesgo de una crisis de precios y competitividad. Y la lección estratégica para Europa podría ser que la verdadera seguridad energética no consiste en sustituir a un proveedor por otro, sino en construir un sistema en el que ningún proveedor, ninguna ruta y ninguna tecnología puedan llegar a ser indispensables.
Versión en español: Valeriu Radulian