La miscelánea: Del escenario a la pantalla, los inicios del teatro y del cine en Rumanía
Hoy vamos a recorrer dos momentos fundamentales en la construcción de la identidad cultural rumana: el nacimiento del primer teatro nacional y la realización de la primera película rumana. No se trata solo de fechas o de nombres, sino de dos pasos decisivos en la manera en que una sociedad empezó a contarse a sí misma, a verse reflejada en el escenario y, más tarde, en la pantalla.
Brigitta Pana, 20.04.2026, 13:48
Cuando hablamos del primer teatro nacional rumano, debemos situarnos en la primera mitad del siglo XIX, en un contexto histórico complejo. En ese momento, Rumanía, tal como la conocemos hoy, no existía aún como Estado unificado. El territorio estaba dividido principalmente entre Moldavia y Valaquia, bajo la influencia del Imperio Otomano y, en distintos grados, del Imperio Ruso y del Imperio Austrohúngaro. La cultura, sin embargo, empezaba a desempeñar un papel clave en la afirmación de una identidad propia. Hasta principios del siglo XIX, el teatro en los territorios rumanos era mayoritariamente itinerante y se realizaba en lenguas extranjeras: griego, alemán o francés. Las élites asistían a representaciones importadas, mientras que la población local mantenía formas populares de expresión, sin una institución teatral estable. La idea de un teatro en lengua rumana no era solo artística. Era una declaración política y cultural.
En 1840, en la ciudad de Iași, capital de Moldavia en ese momento, se inaugura oficialmente el Teatro Nacional de Iași, considerado el primer teatro nacional de Rumanía. La iniciativa estuvo vinculada a figuras clave de la vida intelectual de la época, entre ellas Mihail Kogălniceanu, Vasile Alecsandri y Costache Negruzzi. Estos intelectuales comprendieron que el teatro podía ser una herramienta poderosa para educar al público, difundir la lengua rumana y consolidar una conciencia nacional. Uno de los aspectos más importantes del nuevo teatro fue el uso sistemático del idioma rumano. En una época en la que el francés era la lengua de prestigio y el griego la lengua administrativa tradicional, optar por el rumano significaba apostar por el público local. Las obras representadas abordaban temas históricos, sociales y morales, muchas veces inspirados en la vida cotidiana o en episodios del pasado rumano. El teatro se convirtió así en un espacio de reflexión colectiva. El Teatro Nacional de Iași no era solo un edificio. Era un punto de encuentro. Las representaciones reunían a distintas capas sociales y creaban un espacio común de diálogo cultural. Poco después, en 1852, se fundó el Teatro Nacional de Bucarest, lo que consolidó definitivamente el teatro como institución central en la vida cultural rumana. En una región marcada por influencias externas, el teatro nacional ayudó a preservar y desarrollar una identidad propia. No se trataba de rechazar lo extranjero, sino de construir una voz local. El teatro fue, durante décadas, uno de los principales espacios donde se discutían ideas sobre modernización, educación, justicia social y unidad nacional.
Si el teatro permitió a los rumanos verse reflejados en el escenario, el siglo siguiente trajo una nueva herramienta, aún más poderosa: la imagen en movimiento. El paso del escenario a la pantalla marcaría una nueva etapa en la historia cultural del país. El cine llegó relativamente pronto a Rumanía, poco después de las primeras proyecciones de los hermanos Lumière en Europa. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, el cine era visto principalmente como una curiosidad técnica, un espectáculo ambulante. Pero no tardó en convertirse en una forma de expresión artística y narrativa. El primer filme rumano reconocido oficialmente es “Independența României”, estrenado en 1912. Se trata de una película muda, de gran ambición para su época, que recrea la Guerra de Independencia de Rumanía de 1877. La película fue dirigida por Aristide Demetriade, con la colaboración de Grigore Brezeanu, y contó con la participación de actores de teatro, lo que muestra la continuidad entre ambas artes. “Independența României” no fue una producción modesta. Participaron cientos de extras, incluidos soldados reales del ejército rumano. El objetivo era claro: reconstruir un momento fundacional de la historia nacional y presentarlo al público como una epopeya colectiva. El cine, desde su primer gran paso en Rumanía, se vinculó así con la historia y la identidad nacional. A pesar del entusiasmo inicial, la película enfrentó numerosos problemas. La industria cinematográfica rumana era prácticamente inexistente, y los recursos técnicos y financieros eran limitados. Además, la distribución fue complicada, y durante décadas se creyó que la película se había perdido casi por completo. Solo fragmentos se conservaron, lo que añade al filme un carácter casi mítico. Muchos de los primeros cineastas y actores rumanos provenían del teatro. El lenguaje cinematográfico aún no estaba plenamente desarrollado, y las películas tenían una puesta en escena claramente teatral. Sin embargo, el cine aportó algo nuevo: la posibilidad de llegar a un público mucho más amplio y de fijar imágenes que podían circular más allá de las salas de representación. “Independența României” no fue solo un experimento técnico. Fue una afirmación: Rumanía podía contar su propia historia también a través del cine. Ese gesto inaugural abrió el camino a una tradición cinematográfica que, con altibajos, terminaría siendo reconocida internacionalmente en el siglo XXI.
Tanto el primer teatro nacional como la primera película rumana responden a una misma necesidad: la de verse reflejados, la de narrarse a sí mismos. El teatro ofreció presencia, palabra y comunidad. El cine añadió memoria visual y alcance masivo. Ambos surgieron en momentos de transformación social y política, y ambos funcionaron como instrumentos de cohesión cultural.