La ignorancia tiene un coste
La ignorancia supone un riesgo real en un mundo cada vez más complejo. Sin educación ni competencias básicas, no solo perdemos oportunidades, sino también la capacidad de tomar decisiones acertadas.
Corina Cristea, 17.04.2026, 12:21
Afecta a la forma en que pensamos, elegimos y actuamos. No llama la atención de forma directa y no se percibe como un riesgo real, sino como un estado neutro, un «no lo sé» aparentemente inofensivo.
La ignorancia, de hecho, es una de las vulnerabilidades más costosas, sobre todo en una economía global en la que el conocimiento es el recurso más valioso. No solo para conseguir un empleo, sino para entender el mundo, tomar decisiones acertadas y construir un futuro mejor.
La ignorancia es un riesgo silencioso. No significa solo no saber, sino, sobre todo, no ser consciente de que no se sabe. Esta forma de desconocimiento es la más peligrosa, porque crea una falsa sensación de seguridad, la de creer que las decisiones que se toman son correctas. Hace que las ideas se acepten sin analizarlas y que la complejidad se rechace en favor de explicaciones simples, aunque sean erróneas.
Esta superficialidad lleva a decisiones equivocadas, ya sean financieras, relacionadas con la salud o con la carrera profesional, cuyas consecuencias pueden ser, en algunos casos, irreversibles.
Dicho de otro modo, la ignorancia puede convertirse en un obstáculo serio que conduce a la pérdida de oportunidades. Quien no entiende cómo funciona la economía tomará malas decisiones financieras. Quien no sabe evaluar correctamente la información será fácilmente influenciable o manipulable. Y quien no se adapta al cambio se queda anclado en una realidad obsoleta.
A nivel global asistimos a una competencia del conocimiento. Los países compiten cada vez más por su nivel educativo y por su capacidad de innovación. En este contexto, la ignorancia se convierte en un problema colectivo.
En Rumanía, por un lado, hay personas muy bien formadas, competitivas a nivel internacional. Por otro, persisten problemas importantes: analfabetismo funcional, grandes diferencias entre el medio urbano y el rural y una falta de conexión real entre la escuela y el mercado laboral.
Invitada a Radio Rumanía para analizar la situación del país, Andreea Paul, profesora universitaria y presidenta de INACO (Iniciativa para la Competitividad), advirtió que una sociedad que no invierte en educación limita su propio potencial. La verdadera competencia en Rumanía no es solo económica en el sentido clásico, afirma, sino una competencia por el conocimiento, por la formación de personas bien preparadas, por el desarrollo de competencias adaptadas tanto a la economía actual como a la del futuro, y por la capacidad de tomar decisiones difíciles en un mundo marcado por conflictos y tensiones.
¿Cómo se manifiesta la falta de conocimiento en Rumanía?
Andreea Paul:
«Hay falta de conocimiento cuando los niños no saben elegir su camino educativo, y aquí la responsabilidad es colectiva, no del niño. También cuando una persona no entiende cómo funciona un crédito bancario ni los riesgos que implica, porque no tiene las competencias básicas necesarias en el ámbito financiero, económico o emprendedor. Hay falta de conocimiento cuando se toman decisiones equivocadas sobre la propia vida o cuando alguien se convierte en víctima de la manipulación o del populismo, precisamente por esa carencia. Son muchos los costes que paga un niño, ya convertido en adulto, cuando no ha adquirido las bases necesarias en la escuela. Y pierde libertad. Porque la educación no es otra cosa que la posibilidad de decidir sobre tu propia vida sin convertirte en víctima de los demás. El conocimiento empieza por la alfabetización básica, por saber aplicar matemáticas en la vida cotidiana, cuando haces reformas en casa, por ejemplo en el baño, cuando quieres comprar una lavadora o un microondas y puede que necesites un crédito, cuando organizas el presupuesto familiar, cuando decides dónde vivir o en qué sector trabajar.»
Los estudios muestran que quienes están bien formados identifican antes las oportunidades, se adaptan a los cambios, toman mejores decisiones y acceden a empleos mejor remunerados. Sin embargo, en ausencia de competencias fundamentales, las oportunidades se pierden, aunque existan.
Hablamos de competencias como el pensamiento crítico, la alfabetización digital, la inteligencia emocional, la educación financiera y la capacidad de adaptación, en un mercado laboral que cambia con rapidez. Hoy en día no solo aparecen y desaparecen empresas, sino sectores enteros, a una velocidad sin precedentes, advierte Andreea Paul, que resume así las competencias clave para los próximos años:
«Capacidad de adaptación, comunicación profesional, pensamiento crítico y creativo, competencias digitales avanzadas y orientación hacia sectores que hoy ya tienen demanda y la seguirán teniendo, la salud y el cuidado de las personas, la energía, la logística avanzada, desde el mantenimiento industrial hasta el comercio, y las competencias digitales. Y aquí hablamos de entender lenguajes de programación, de pensamiento computacional, pensamiento algorítmico y de la capacidad de utilizar la inteligencia artificial.»
La falta de estas competencias se traduce en empresas que no encuentran empleados adecuados, jóvenes que terminan sus estudios sin saber qué hacer y adultos que evitan el cambio porque no se sienten preparados.
Las soluciones existen, pero no son simples ni rápidas, señalan los especialistas. En este proceso, la reforma de la educación es esencial, al igual que un cambio de mentalidad. Al mismo tiempo, el aprendizaje no debería entenderse como una etapa limitada a los años de escuela, sino como un proceso continuo.
Versión en español: Valeriu Radulian