Retrato de activista en Rumanía
A los 16 años, Alina Dumitriu se unió a la compañera de su madre, que, además de trabajar en un banco privado, coordinaba las actividades de una organización no gubernamental. Su mente siempre está ocupada en algo. Desde la violencia contra los animales, las víctimas de violencia sexual, la ampliación de los parques de barrio en Bucarest, la disponibilidad de tratamientos para el VIH en las farmacias, hasta situaciones relacionadas con los migrantes económicos. Alina no parece desconectar ni un solo día.
Iulia Hau, 04.02.2026, 11:13
Cada vez que hablas con Alina Dumitriu, su mente está ocupada en algo. Desde la violencia contra los animales, las víctimas de violencia sexual, la ampliación de los parques de barrio en Bucarest, la disponibilidad de tratamientos para el VIH en las farmacias, hasta situaciones relacionadas con los migrantes económicos. Alina no parece desconectar ni un solo día.
«Bueno, desde que era pequeña, recuerdo que veía niños negros, de África, en la televisión, porque Ceaușescu nos mostraba de vez en cuando imágenes como esas, probablemente para que viéramos que en otros lugares las cosas eran peores que aquí, y bueno, cumplo 47 años en dos meses, viví 10 años bajo el comunismo y sí, veía en la televisión a niños con raquitismo, delgados, en fin, y cuando mis padres me preguntaban qué quería ser cuando fuera mayor, les decía que quería ayudar a los niños de color que veía en la televisión, ¿sabes? Y eso se me quedó grabado y realmente quería ir a hacer voluntariado».
Por ahora, Alina dice que ya tiene muchos problemas que resolver en Rumanía y eso no le deja irse por mucho tiempo.
A los 16 años, Alina Dumitriu se unió a la compañera de su madre, que, además de trabajar en un banco privado, coordinaba las actividades de una organización no gubernamental. Así fue como terminó haciendo trabajo voluntario con unas niñas que creía que eran huérfanas. Pronto se dio cuenta de que tenían padres, pero estos habían decidido dejarlas al cuidado del Estado.
Más adelante, la invitaron a enseñar arte en una escuela informal para adolescentes infectados con el VIH.
«En 1992 o, en fin, en aquella época —porque el tema es tan tabú: cuántos niños y durante cuántos años, que unos dicen una cosa y otros dicen otra—. En fin, en el comunismo, sí, con aquella cohorte de bebés infectados con VIH, 14.000 bebés, un accidente epidemiológico único en el mundo. Y dije inmediatamente que yo quería hacerlo. Además, había estudiado en Tonitza y me apasionaba la psicología, la psicoterapia, leía muchísimo —es decir, cuando otros niños leían literatura de ficción, yo leía a Jung, leía a Freud, era mi pasión—. Me gustaba mucho el concepto de la terapia a través del arte y empecé a leer aún más sobre ello e intenté combinarlo, que no fueran solo esas horas de dibujo y pintura».
Así comenzó a mantener conversaciones personales con los adolescentes institucionalizados que habían sido víctimas del accidente epidemiológico, dándose cuenta de que la diferencia entre lo que vivían y lo que creían que vivían era muy grande. En primer lugar, dice Alina, todos consideraban que tenían sida y que iban a morir.
«Y cuando empecé a leer sobre el virus, me di cuenta de que ellos, en realidad, no estaban en una fase de SIDA, sino en una fase de VIH, y que prácticamente estaban sanos; eran solo portadores de un virus. Después de algunos años, también cambió la manera en que nos relacionamos con el VIH en la literatura académica. Lo que tenían, con lo que vivían las personas, era una afección crónica o tratable a largo plazo, por lo tanto no es una enfermedad. Pero ellos fueron infectados en los años 80 en hospitales, por vía nosocomial. Luego, no tenían tratamiento. Alrededor de 4.000 de ellos, por lo que entiendo, murieron. El tema de la cifra, que es un tema tabú, nadie quiere hablar de cómo el Estado les hizo algo así a estos niños».
Alina Dumitriu cuenta que el doctor Cătălin Apostolescu fue un apoyo real a lo largo de los 20 años en los que ha trabajado con pacientes pertenecientes a grupos vulnerables y consumidores de sustancias. Dice que fue él quien, hace 21 años, la animó a crear la Asociación Sens Pozitiv, que apoya a las personas infectadas con VIH y a los grupos con alto riesgo de contraer el virus.
Además de su labor directa dentro de la ONG, Alina Dumitriu es activista cívica e influencer, utilizando su plataforma de Instagram, seguida por más de 14 mil personas.
«En primer lugar hago muchos calls to action. Les pido que reaccionen, que envíen denuncias. Y realmente lo hacen. Les estoy súper agradecida. Hubo un caso en el que un tipo amenazaba con revenge porn a alguien en mi muro. Pero yo me consulté con una jurista y efectivamente era un delito; en fin, la policía me dijo que no. Aun así, se enviaron 200 denuncias a la policía. (…) Es una comunidad, es decir, vienen personas que de verdad quieren hacer algo. Les molesta lo que está pasando en este país y, sí, quieren ser parte del cambio, ser ellos el cambio que es tan necesario en este país: participar de manera activa».
Alina considera que los influencers tienen una responsabilidad muy grande hacia las personas que los siguen. Cuenta que, recientemente, compartió una noticia de la prensa rumana que resultó ser fake news. Inmediatamente después publicó otra entrada en la que anunció y reconoció este hecho, pero afirma que no muchos creadores de contenido actúan de la misma manera.
Preguntada sobre lo difícil que es ser activista a tiempo completo en Rumanía, Alina advierte que las personas que trabajan en este ámbito a menudo sufren trastornos psicológicos; ella misma vive con estrés traumático secundario diagnosticado, una condición que no se cura, sino que solo puede mantenerse bajo control con tratamiento farmacológico. Las personas con mayor predisposición a sufrir esta afección son quienes trabajan en oncología pediátrica o con consumidores de sustancias ilícitas, en ambos casos con una tasa de mortalidad muy elevada. Aun así, con el tiempo ha aprendido a gestionar muy bien sus emociones y, si pudiera volver atrás, no cambiaría nada.
Versión en español: Brigitta Pană