Comunión cristiana y supervivencia en prisión
En 1948, el régimen comunista disolvió la Iglesia rumana unida a Roma o greco-católica. Muchos prelados que se negaron a unirse a la Iglesia ortodoxa fueron encarcelados, las iglesias fueron confiscadas, las publicaciones fueron prohibidas y la enseñanza también. Sin embargo, en las cárceles, quienes estaban allí permanecieron fieles a su fe y la transmitieron.
Steliu Lambru, 02.02.2026, 13:12
La Iglesia rumana unida a Roma, también conocida como Iglesia greco-católica, se fundó a finales del siglo XVII y principios del XVIII, durante la campaña de Austria para contrarrestar el proselitismo de la Reforma. A cambio del reconocimiento, los nuevos conversos obtenían derechos políticos, educativos y confesionales.
En los territorios habitados por rumanos, la Iglesia greco-católica desempeñó un papel esencial en la formación de la conciencia nacional y dio lugar a numerosos intelectuales y políticos destacados. En 1948, tras la instauración del régimen comunista, este suprimió y prohibió la Iglesia greco-católica con el objetivo de cortar los vínculos de los rumanos con el Vaticano y con el mundo occidental. Muchos políticos y prelados greco-católicos fueron encarcelados, donde se reunieron con hermanos ortodoxos y de otras confesiones, y formaron una solidaridad transconfesional.
A pesar de los tiempos de persecución, la gente no se desanimó y mantuvo viva su fe. El sacerdote greco-católico Nicolae Lupea fue preso político en las cárceles comunistas. En 2001, relató al Centro de Historia Oral de la Radiodifusión Rumana que, a pesar de las duras condiciones de vida en prisión, los sacerdotes conseguían oficiar el servicio divino.
«Los domingos, sobre todo, los sacerdotes que estaban allí en las cárceles celebraban la santa liturgia. Utilizaban vino que los presos obtenían de personas civiles que trabajaban en la prisión. Y el pan que utilizábamos era el que nos daba la prisión, pan negro».
En la historia de los intelectuales rumanos bajo el comunismo, la figura del crítico literario Nicolae Steinhardt ocupa un lugar muy especial. De origen judío, fue encarcelado bajo la acusación de pertenecer a un grupo de intelectuales anticomunistas. Y fue en ese universo inhumano donde decidió convertirse al cristianismo.
Nicolae Lupea lo recuerda:
«Pasé un tiempo encerrado con él, con Nicolae Steinhardt. También compartí celda en Jilava con Alexandru Paleologu, el médico Al-George y otras personalidades, así como con muchos otros presos. También había un sacerdote, un chico un poco más joven que yo llamado Mina Dobzeu. Era monje de Besarabia y había sido condenado a siete años. Steinhardt era judío y tendría unos 60 años, ya que era canoso y calvo. En un momento dado, se puso en contacto con el sacerdote ortodoxo, pero también conmigo, y me dijo que quería bautizarse».
Steinhardt tomó la gran decisión de su vida bajo la influencia de sus amigos.
«La mañana en que se bautizó, vino a mi cama nada más levantarnos y me dijo que no estaba de acuerdo con la acción contra la Iglesia greco-católica ni con la colaboración de la Iglesia ortodoxa con la Securitate para prohibir la nuestra. No obstante, insistía en que lo bautizara el padre Mina, ya que era ortodoxo y amigo de Alexandru Paleologu. Quería ser bautizado según el rito ortodoxo porque la Iglesia ortodoxa no estaba prohibida. „Si quisiera practicar la fe greco-católica, tendría que quedarme aquí con usted y formar parte de una secta prohibida». Y entonces le dije: “De acuerdo, señor Steinhardt”.».
Sin embargo, la comunión entre los presos fue más allá de las diferencias religiosas. El bautismo de Steinhardt fue un momento especial que compartieron todos.
«Entonces, Steinhardt habló con el sacerdote ortodoxo Mina Dobzeu, que vino a verme. Tomamos juntos una jarra de agua y ambos la bendecimos. Cada uno pronunció una fórmula que se sabía de memoria de los oficios que habíamos celebrado anteriormente para la santificación del agua, ya que no teníamos libros para consultarlas. Recuerdo que yo utilicé dos fórmulas. Dije: „Tú, Señor, amante de los hombres, baja con el Espíritu Santo y santifica esta agua. Concede el don de la redención y la bendición del Jordán, para que tu siervo Nicolás pueda perdonar los pecados y sanar el alma y el cuerpo”. La otra fórmula era para la santificación del agua. Hacía la señal de la cruz en el agua con los dedos y decía: „¡Que todas las fuerzas contrarias se rompan bajo el signo de tu cruz!”.».
Una ceremonia así tenía que mantenerse en secreto.
Nicolae Lupea comparte las circunstancias del bautismo:
«Para la ceremonia del bautismo decidimos que Steinhardt se quedara en la habitación común y que no saliera a tomar el aire por la mañana. Nos sacaban para traer agua en esa gran palangana y para llevar los excrementos de la noche al patio, hasta un retrete. Decidimos que el padre Mina y yo entraríamos primero y que él se acercaría a la jarra en la que habíamos bendecido el agua. Yo me quedaría atrás para ocultarlo y que los demás no lo vieran cuando lo bautizara. El padre Mina vino rápidamente, tomó la jarra y le echó tres veces unas gotas de agua y lo bautizó».
El bautismo de Nicolae Steinhardt en prisión, llevado a cabo por un sacerdote greco-católico y otro ortodoxo, es un testimonio compartido de fe y sufrimiento. También fue un testimonio aquello que nos hace humanos a todos.
Versión en español: Victoria Sepciu