Los años sesenta y el renacer de la diplomacia rumana
Después de 1945, Rumanía tuvo que aguantar un doble trato: como país derrotado en la guerra y como país ocupado por los soviéticos con un régimen brutal. La diplomacia también sufrió y tuvo que reconstruirse a partir de los años 60
Steliu Lambru, 12.01.2026, 12:33
Rumanía entró después de 1945 en un profundo período de turbulencias políticas, económicas y sociales. Derrotada en la guerra y ocupada militarmente, se vio obligada a aceptar pérdidas territoriales, pagar reparaciones y someterse a la influencia soviética. En ese devenir histórico, la diplomacia rumana atravesó las mismas etapas que el propio país: depuración y pérdida de profesionalización durante los años del estalinismo y hasta aproximadamente 1958-1960, seguidas de un proceso de reconstrucción y recuperación profesional después de 1960.
En el duro decenio de los cincuenta, la diplomacia rumana estuvo marcada por una ideologización extremadamente agresiva y por la promoción de personal destinado a defender los intereses de Rumanía sobre la base del llamado «origen social sano». En realidad, se trataba de la selección de diplomáticos procedentes de medios sociales modestos, sustentada en criterios ideológicos del marxismo-leninismo.
Sin embargo, el inicio de los años sesenta trajo un cambio importante en la manera de concebir y ejercer la diplomacia. La reducción de la influencia soviética favoreció una mayor iniciativa de los Estados socialistas satélites para representar por sí mismos sus intereses.
La diplomacia rumana emprendió también un proceso de recuperación profesional de su personal. La fidelidad a la ideología marxista-leninista permanecía intacta, pero cambiaron los criterios de selección: los diplomáticos procedían sobre todo de entre los titulados con excelentes resultados académicos de la Academia de Estudios Económicos, de la Facultad de Filología y de la Facultad de Derecho. Posteriormente, se incorporaron también graduados de la Politécnica. Los militares eran reclutados con arreglo al mismo criterio.
El diplomático Mircea Nicolaescu, embajador de Rumanía en Egipto en 1961, entrevistado en 1996 por el Centro de Historia Oral de la Radiodifusión Rumana, respondió a la pregunta sobre cómo se podía llegar a ser diplomático en los años sesenta.
«En aquella época se podía llegar a ser diplomático de dos maneras. Una era la habitual, a través de estudios universitarios o de posgrado, o de ambos, en el caso de los más jóvenes. Existía un sistema de formación y perfeccionamiento del personal diplomático. Incluso hubo un Instituto de Relaciones Internacionales, creado hacia 1948-49, al mismo tiempo que la reforma educativa. No duró mucho porque carecía de una base sólida de especialistas al nivel que exigía la diplomacia. Allí había profesionales, algunos procedentes del Ministerio de Asuntos Exteriores, convertidos ad hoc en docentes. También había personas que entonces se habían incorporado a la enseñanza superior, sobre todo vinculadas a las llamadas tareas de reorientación teórico-ideológica, pero sin una formación específica. Fueron pocos los que contaban con una experiencia diplomática sólida, capaz de contribuir realmente a la formación de los futuros diplomáticos».
Mircea Nicolaescu compartió su experiencia como diplomático de carrera, que implicaba mantener un contacto permanente con lo que ocurría en su país.
«Quien ha trabajado en diplomacia y ha permanecido en el extranjero más de tres o cuatro años siente una necesidad casi orgánica de renovar y reforzar su vínculo con el país. Porque, después de cuatro o cinco años de trabajo fuera, en un destino, especialmente en un país poco conectado con tu realidad, llega un momento en que te preguntas de quién eres embajador: de Rumanía en ese país, o de ese país en Rumanía. Y no es en absoluto una cuestión sencilla si no tienes desde el principio la preparación y el hábito de mantener un contacto constante con la información más reciente del país y con la necesidad de interpretarla al más alto nivel. De lo contrario, quedas expuesto a otras influencias, contra las que luego resulta difícil luchar».
¿Qué le ayudó a Mircea Nicolaescu a construir una carrera en la diplomacia?
«Me ayudaron mucho algunas inquietudes personales de aquella época. Me ayudó también haber tenido, desde el instituto, la suerte de recibir una sólida formación en cultura general. Asimismo, debo decir que me resultó muy útil, para orientarme hacia una actividad diplomática en cierta medida, sin haber seguido estudios especializados, la formación que cursé en la Academia Comercial. Allí estudié y profundicé en cuestiones de geografía económica mundial y de Rumanía, problemas de derecho internacional, por separado de los de derecho civil y mercantil, con múltiples implicaciones también en el comercio exterior. Tuve incluso interés en política social y en historia de las doctrinas. En particular, la historia del pensamiento económico rumano se reveló no solo muy atractiva cuando logré acercarme a ella, sino que constituyó de hecho la base de una aproximación relativamente natural al ámbito de la actividad diplomática. También me ayudó, en este sentido, haber trabajado durante años en una empresa de comercio exterior, entre 1946 y 1950, primero en la Oficina de suministros de petróleo a la Unión Soviética en virtud del armisticio. Eso me implicó directamente en los problemas más graves de nuestro país en aquellos años. Durante años pasaron por mis manos todos los documentos de suministro correspondientes al armisticio y al tratado de paz, a los que di la primera o la segunda verificación».
La diplomacia rumana renació después de los años sesenta, tras más de una década de pérdida de profesionalización. Lo hizo, sin embargo, dentro de las prácticas de un Estado represivo que no cesarían hasta 1989.
Versión en español: Valeriu Radulian