¿Quién mantiene viva la cultura?
En 2026, el Estado rumano ha destinado a la cultura, a través del presupuesto del Ministerio de Cultura, aproximadamente 1.440 millones de leus (unos 277 millones de euros), es decir, menos del 0,1 % del PIB.
Iulia Hau, 03.06.2026, 11:45
A pesar de la escasez de recursos, la comunidad artística de Rumanía sigue destacando a nivel europeo. Por ejemplo, el castillo Banffy de Răscruci ha sido galardonado este año con el premio Europa Nostra, el título europeo más prestigioso en materia de patrimonio.
Miruna Găman, doctoranda en estudios culturales y gestora de proyectos de Horizon Europe, afirma que la cultura representa todo lo que expresamos como personas, y no un ámbito que pertenezca necesariamente a una especialización concreta:
«Solo si se quiere analizar de forma científica, con la mayor objetividad posible, los fenómenos a nivel social. Pero, si lo tomamos a nivel individual, a escala comunitaria, cualquiera puede ser un creador de cultura y un consumidor de cultura. El problema, desde mi punto de vista, surge cuando ciertos tipos de expresiones y manifestaciones humanas, ciertos actos de creación, ciertos productos culturales no se consideran parte de la cultura porque transmiten mensajes con los que ciertas categorías sociales no están de acuerdo. Pero, al fin y al cabo, dicen algo sobre las preocupaciones de un grupo de personas en ese momento. Dicen algo sobre cómo es una sociedad o una parte de la sociedad en un momento determinado, en un lugar determinado, en un contexto determinado».
Miruna Găman pone como ejemplo el manele, un estilo musical controvertido, un tema que polariza a la opinión pública y que, sin embargo, es el resultado de un complejo proceso creativo, con una larga historia, que refleja las preocupaciones y los temas de interés de determinados grupos sociales. Cuando se le pregunta por qué es importante la cultura, Miruna Găman responde:
«En primer lugar, si nos fijamos en lo que caracteriza a una sociedad funcional más allá de esa infraestructura física, por así decirlo, de un sistema de transporte que funcione, de una infraestructura sanitaria, de hospitales de los que no salgas más enfermo de lo que entras y de otros que cubran tus necesidades básicas, una sociedad funcional se sustenta en la educación y la cultura. Si nos fijamos en los salarios de los museógrafos, hablamos de cifras que rondan los 3.000 leus (unos 577 euros). Así que, en primer lugar, hablamos de una asignación presupuestaria muy baja que, de alguna manera, desencadena un círculo vicioso. No hay dinero para pagar salarios decentes, por lo que, lógicamente, no se puede atraer a nuevos profesionales cualificados que se incorporen al sistema y aporten ideas frescas. Miro a las generaciones con las que compartí el máster en patrimonio en la Facultad de Historia y hago esta comparación: cuántos logran trabajar en el sistema y cuántos se van a otros ámbitos para poder ganarse la vida.»
El caso de los museos es emblemático para todo el sector: salarios bajos, pocos puestos de trabajo y una generación joven que, a pesar de estar preparada, emigra hacia otros ámbitos mejor remunerados. La experta señala que muchos de los trabajadores culturales se ven obligados a realizar otras muchas actividades además de su trabajo a tiempo completo para ganarse la vida, como participar en diversos proyectos, colaborar con ONG o impartir clases en la universidad. Un estudio reciente revela que solo el 19 % de los trabajadores culturales de Rumanía gana lo suficiente para cubrir sus necesidades, mientras que el 43 % realiza actividades fuera del sector para complementar sus ingresos. El mismo estudio revela que el nivel de bienestar psicológico de los trabajadores culturales se sitúa considerablemente por debajo de la media europea de 64 puntos en la escala WHO-5, concretamente en 49,5. Una puntuación inferior a 50 puntos se considera clínicamente el umbral de una baja calidad de vida. En otras palabras, muchos de los que producen cultura viven en la frontera entre la pasión y el agotamiento.
Miruna Găman también habla de las iniciativas de emprendimiento cultural. Aunque anima a llevar a cabo este tipo de proyectos, al considerar que sería complicado que el presupuesto público sostuviera todo el sector cultural, el problema surge, según la experta, cuando estas iniciativas promueven un discurso elitista, que se posiciona como «no apto para todo el mundo» y cuyo objetivo principal es maximizar los beneficios.
«¿Qué haces luego con esos beneficios? ¿No intentas devolver algo a la comunidad? Por ejemplo, en el edificio donde has abierto el restaurante o el bistró, ¿no te las arreglas para encontrar un espacio que puedas poner a disposición de forma gratuita de, digamos, algunos artistas que están empezando?».
Otra cuestión que señala Miruna Găman tiene que ver con diversas líneas de financiación pública. Se refiere a la competencia desigual por las subvenciones, en la que las organizaciones pequeñas compiten con grandes instituciones estatales por los mismos fondos.
«En este mismo contexto, hay organizaciones no gubernamentales que compiten con instituciones públicas, es decir, tenemos a David y Goliat compitiendo por los mismos fondos. Y no se puede poner en pie de igualdad a una ONG que se sostiene con tres voluntarios y un «semiempleado» con un museo nacional, que cuenta con empleados a sueldo para buscar oportunidades que les permitan llevar su trabajo al siguiente nivel. Y está claro que tendrá otras oportunidades y otros recursos para implementar un proyecto. En mi opinión, debería haber líneas de financiación separadas para las ONG y para las instituciones públicas».
Miruna Găman concluye diciendo que seguimos viendo la cultura como un fenómeno lejano, encerrado en una torre de marfil, y no necesariamente como algo que podría formar parte de nuestra vida cotidiana, ayudándonos a recuperar el equilibrio mental y a conectar unos con otros. Y mientras la cultura siga percibiéndose como un lujo y no como una necesidad básica, será difícil que aumenten las asignaciones presupuestarias y que el trabajo de quienes la producen sea reconocido y recompensado en consecuencia.
Versión en español : Monica Tarău