La miscelánea: Día Internacional del Danubio. Rumanía y el río que une Europa
Dedicamos la edición de hoy de la Miscelánea a una de las arterias fluviales más majestuosas de Europa: el río Danubio. El pasado 29 de junio celebramos el Día del Danubio, una fecha que nos invita a reflexionar sobre su vasta belleza, su rica historia y su relevancia. Hablaremos de su historia milenaria, sus hitos geográficos, su valor ambiental, sus leyendas, artistas que lo inmortalizaron, proyectos de conservación, datos curiosos ¡y mucho más!
Brigitta Pana, 07.07.2025, 15:00
El Danubio es el segundo río más largo de Europa, después del Volga, y recorre unos 2 860 kilómetros, atravesando 10 países y haciendo una frontera natural en otros dos. Nace en la Selva Negra de Alemania con la confluencia de los ríos Breg y Brigach y desemboca en el Mar Negro, formando un extenso delta compartido por Rumanía y Ucrania. A lo largo de su curso, pasa o bordea naciones tan diversas como Alemania, Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Serbia, Bulgaria, Moldavia y, por supuesto, Rumanía. La ONU proclamó el 29 de junio como Día Internacional del Danubio, promovido por la Comisión Internacional para la Protección del Danubio (ICPDR, por sus siglas en inglés). El objetivo es sensibilizar sobre la conservación del río, fomentar el desarrollo sostenible y fortalecer el patrimonio común. Un día para celebrar sus valores ecológicos, económicos y culturales, y en especial ese vínculo inquebrantable con Rumanía. El Día del Danubio se celebró por primera vez en 2004 y cada año el día está marcado por un lema. Para 2025 se ha elegido el lema «Mantengamos el Danubio Azul».
El día marca la cooperación y la solidaridad entre los países que comparten el Danubio. A pesar de las diferencias culturales, el día pretende poner de relieve un deseo común, un objetivo común compartido por todos estos países: proteger el Danubio. Las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales de estos países están tomando diversas medidas para proteger el río de amenazas como la contaminación, la sequía y las inundaciones. La celebración de este día pretende concienciar a la opinión pública de la importancia de este río europeo y de cómo puede protegerse. Desde tiempos ancestrales, el Danubio fue testigo y actor de grandes civilizaciones: celtas, dacios, romanos, bizantinos, otomanos y austrohúngaros. Los dacios, antepasados de los rumanos, controlaron amplias zonas del Danubio Medio y tuvieron fortificaciones estratégicas en sus orillas. Con la conquista romana, la ribera septentrional del Danubio se convirtió en la provincia de Dacia, fronteriza con el Danubio en su papel de límite natural. Los romanos erigieron murallas, puertos y ciudades militares. Aquí nacieron asentamientos que hoy todavía persisten en Rumanía, como la histórica Drobeta-Turnu Severin, que albergó un célebre puente construido por el hispano Apolodoro de Damasco bajo el mandato del emperador Trajano, en torno al año 105 d.C. A lo largo de los siglos, el Danubio fue usado como vía comercial y táctica, y su control otorgaba poder, riqueza y prestigio. Ciudades moldavas y valacas, como Brăila y Galați, surgieron como puertos estratégicos. Con el dominio otomano penetrando desde el sur, muchas fortalezas, monasterios y puentes se construyeron en su cuenca para proteger rutas de comercio y territorios. El Danubio facilitaba el comercio de grano, madera, sal y otros productos clave que abastecían puertos del Mediterráneo y Asia Menor. Con la independencia de Rumanía en 1878 y su consolidación como estado, el Danubio adquirió una nueva dimensión. Se explotó económicamente a través de canales, diques y centrales hidroeléctricas. Hoy, el Danubio sigue siendo vital: supone más del 60 % del transporte fluvial en el país, impulsa el turismo rural, la pesca, la agricultura en su cuenca y es fuente de energía renovable.
Y es aquí cuando el Danubio deja de ser solo un curso de agua y se transforma en un personaje más de la historia de Rumanía. No es difícil imaginarlo como un viejo sabio que ha observado durante siglos el paso del tiempo, las guerras, los imperios, pero también el amor, la poesía y la resistencia de un pueblo que ha aprendido a vivir junto a él. Porque el Danubio no solo ha sido frontera, recurso o vía comercial. Ha sido, y sigue siendo, fuente de inspiración. En la literatura rumana, por ejemplo, no faltan las menciones a su caudal profundo y a sus paisajes melancólicos. El gran Mihai Eminescu, poeta nacional de Rumanía, lo describía como una “columna del destino”, un espejo de la grandeza espiritual de su pueblo. Y es que hay algo en esas aguas que parece hablar de eternidad, de pasado y de futuro al mismo tiempo. En los pueblos del delta, aún se cuentan leyendas transmitidas de generación en generación. Historias de ninfas del agua, como la mítica Danubiana, que se dice protegía a los pescadores en noches de tormenta. Otros cuentan que hay tesoros hundidos entre los juncos, reliquias de tiempos de guerra o de barcos mercantes que desaparecieron en silencio. En la música, también deja huella. No solo en los valses vieneses de Strauss, sino en los coros tradicionales de Brăila y Tulcea, que entonan canciones populares inspiradas en el ritmo lento del río, o en los instrumentos de viento que imitan el sonido del agua golpeando la ribera. Y si uno observa las pinturas de artistas locales, podrá ver retratos del Danubio en todas sus formas: calmo como un espejo al amanecer, o embravecido al final del invierno, cuando el deshielo acelera sus venas. Pero esta belleza, esta fuente de identidad, no está exenta de peligros.
El Danubio también sufre. Su imagen idílica contrasta con los desafíos que enfrenta cada día, muchos de ellos causados por el ser humano. Uno de los mayores problemas es la contaminación. Aunque las leyes europeas exigen controles rigurosos, la realidad es que en algunas zonas del río en Rumanía se siguen vertiendo residuos industriales, agrícolas y urbanos. Solo alrededor del 60 % de sus aguas cumplen con los estándares de buena calidad. Y eso afecta a todos: a quienes pescan, a quienes beben, a quienes navegan y a quienes simplemente lo admiran. Además, el crecimiento del turismo —especialmente en el delta— ha traído consigo una presión creciente. Nuevas construcciones, rutas turísticas mal planificadas y sobrepesca amenazan con romper el equilibrio de un ecosistema ya frágil. La UNESCO ha advertido en varias ocasiones que algunas zonas del delta están en peligro si no se actúa con urgencia. Como si esto fuera poco, el cambio climático también hace de las suyas. Sequías prolongadas, caudales más bajos, temperaturas más altas… todo esto altera los hábitats acuáticos. El Danubio, como un termómetro ecológico, empieza a mostrar fiebre. Y no olvidemos las especies invasoras, como el mejillón cebra o ciertas plantas que alteran el equilibrio de la fauna y flora local. En muchos tramos del río ya se observan cambios importantes en la biodiversidad. Institutos científicos de Tulcea y Constanza trabajan activamente en estudiar y contener estos fenómenos, pero la tarea es titánica. Frente a estos retos, Rumanía no se queda de brazos cruzados. Hay proyectos innovadores que buscan proteger lo que aún queda, recuperar lo perdido y educar a las nuevas generaciones. Iniciativas como el programa Eco-Delta 2030, que emplea tecnología satelital, drones y guardas fluviales para monitorear la salud del río. O el uso de drones acuáticos por parte de universidades, que permiten vigilar la calidad del agua en tiempo real. También hay propuestas desde el arte: exposiciones flotantes con esculturas hechas de residuos plásticos recogidos del propio río. Imágenes impactantes que nos obligan a reflexionar: ¿qué estamos dejando a las generaciones futuras? Todo esto nos recuerda que el Danubio no solo debe ser celebrado, también debe ser cuidado. Porque sin su caudal, sin su biodiversidad, sin su historia viva, perdemos una parte esencial de lo que somos.
Así, el Danubio nos habla en muchos lenguajes: en el rumor del agua contra las piedras, en la canción de un anciano pescador, en las páginas de un poeta, en el silencio de un pelícano que sobrevuela el delta… pero también en la alarma de los científicos, en los gritos de ayuda de los activistas, y en las decisiones de quienes tienen el poder de cambiar su destino. Por eso, este Día del Danubio no debe ser solo una fecha simbólica. Tiene que ser un llamado a la acción. A leerlo, a escucharlo, a recorrerlo… y sobre todo, a protegerlo. Porque el Danubio, al fin y al cabo, no es solo de Rumanía, ni de Europa. Es de todos. Y su historia —como la nuestra— sigue escribiéndose, gota a gota, día tras día.